Tertulia del 27 de noviembre de 2015
CRÓNICA
DEL LIBRO VERDE AGUA, DE MARISA MADIERI
Para comentar este libro, nos reunimos el viernes, 27 de noviembre, en casa de Lola, los siguientes tertulianos: María Eugenia, Graciela, José Antonio, Lola, Vicky, Ofelia, Pilar y yo (María José)
Estuvimos menos que de costumbre pero resultó una tertulia muy agradable. Como siempre, nos pusimos morados a comer.
Voy al grano:
Madieri, Marisa, Verde Agua
Verde Agua es una pequeña joya escrita a modo de diario en el que la autora, Marisa Madieri, ya en su incipiente madurez –comienza este diario con 43 años y lo finaliza con 46-, alterna episodios de su vida actual con otros centrados en el recuerdo de su infancia, primero en Fiume, actual Croacia, y luego en Trieste, Italia, una ciudad fronteriza, con más aspecto de urbe centroeuropea que mediterránea, ya que fue en su momento, la salida al mar del Imperio Austrohúngaro.
Mediante el relato de Marisa Madieri conocemos las penalidades que pasaron los exiliados italianos procedentes de Istria, en los guetos que se les adjudicaron y que, en la mayoría de los casos ocuparon durante años. Sórdidos cuartuchos que compartían familias enteras ubicados en un antiguo silo, donde las estrecheces y la miseria pusieron a prueba a estos seres marginados por querer vivir en su patria.
Madieri logra tocar el corazón del lector gracias a una mezcla de narración infantil, como si nos hablara la niña que fue y que se quedó para siempre entre la casa de sus tíos en el Lido de Venecia, el internado y el Silos; y otra narración paralela que nos habla de la injusticia y el horror de la guerra y sus consecuencias: el sufrimiento que siempre arrostran los más débiles.
Con todo, lo mejor del diario es el sentido poético que Marisa Madieri sabe dar a todo el texto que queda impregnado, de principio a fin, de un sentimiento lírico que casa perfectamente con la historia que se nos cuenta.
Es también una narradora poco pretenciosa porque, en fin, nos ofrece tal abanico de sentimientos que todos identificamos como propios a través de una prosa limpia que no necesita recursos literarios ajenos a la propia vida. Así nos cautiva y nos obliga a quererla. Dice, el 15 de junio de 1983, tras su reveladora lectura de Guerra y Paz: “La vida, pues, afuera, era grande, bella, dolorosa y sagrada y yo un día la alcanzaría”.
En capítulos muy cortos, nos va contando todo lo que pasa a su alrededor: lo grande y lo pequeño, el exilio, la pobreza, la cárcel, las muertes que se suceden de abuelos, tíos, tías, las enfermedades, empezando por la suya. Pero también, pequeñas historias conmovedoras como la del gorrión que cuidó con su hermana, malherido después por un gato y que se acurrucó en el hueco de su mano para despedirse de ella un día antes de morir.
Asimismo, conocemos el frío del Silos en invierno y cómo la madre se desvive por ella calentando agua para que meta los pies entumecidos mientras estudia. Y lo más delirante: (la madre) se aprende el alfabeto griego para ayudarla con los deberes porque ha suspendido esa materia. Este personaje, la madre, es sencillamente admirable: copia los partes meteorológicos que dan en la radio para la abuela Quaranttoto y no consiente que las hijas hagan trabajos duros como lavar la ropa. Sólo desea que estudien para que no tengan que llevar una vida tan dura como la suya.
Sorprende ver con qué alegría y naturalidad relata la miseria que padecieron durante la vida en el Silos: el olor constante a legumbres cocidas, los ruidos provocados por la falta de intimidad en los box, la comida reducida en ocasiones durante varios días, a alubias. El dinero que entraba en la casa era tan escaso que sólo se podía destinar a la comida.
Cabe destacar la manera en que intercala fechas donde se relatan minucias con otras que cuentan la historia de Italia y de Europa. Así también, hay días que son trascendentales en la vida de la protagonista, como el día en que, volviendo de la playa, piensa en su ciudad, Fiume, y descubre que ya no la añora que de repente se siente de Trieste, siente que está en su casa. Mientras que otros días pasan con pequeñas incidencias cotidianas.
Con la sencillez de su escritura, nos imaginamos lo que debió vivir su familia cuando, por fin, pudo salir del Silos y comprarse el piso de la calle Picardi: ese milagro de tener ventanas o el hecho de contar con habitaciones separadas.
Estupendo el retrato de la abuela Quaranttoto, esa vieja egoísta y dominante que tiene a la hija en un puño. De la abuela Anka dice: “A la abuela Anka le gustan las cosas y los hechos que permanecen. Por eso no teme el transcurrir del tiempo, que arrolla solo a los individuos”.
Conmovedora en su claridad de diario la enfermedad y muerte de la madre.
La última entrada del diario, del 17 de noviembre de 1984, está cargada de sentimiento y de serenidad, muestra cómo la autora se reconcilia con su vida y se va despidiendo del diario y parece que de la vida. Es de suponer que estaba ya enferma aunque murió once años después de esa fecha.
El libro, gustó a unos más y a otros menos. Para Graciela fue un libro muy duro porque le hizo sentir el tema del exilio como propio. El de su familia emigrando de Cuba a Estados Unidos
María Eugenia encontró demasiada poesía en el relato. Dijo que le sobraba para contar una historia de exilio y desarraigo. También que se cuentan vidas que no son las de los héroes, "vidas mínimas".
Para Vicky, cuenta una vivencia colectiva, además de la individual de la autora, con el agua como hilo conductor.
Pilar entendió que tras la historia de la familia y el exilio subyace el tema de la enfermedad de la autora que convierte la historia en un drama personal. Le pareció un libro "muy triste".
A Ofelia le cautivó la prosa poética de Marisa Madieri, "elegante, cautivadora y sutil". Poética también en lo que no se dice, en lo que se intuye, en los sentimientos que provoca. Le llama en especial la atención el personaje de la madre, "con una vida gris y secundaria" y entiende que es un canto a esa mujer que se sacrificó siempre por sus hijas para que tuvieran una vida mejor que la de ella. Para Ofelia, es un libro optimista que muestra a una mujer que, tras las duras experiencias de su vida, ha aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, del presente. Destacó también la importancia de las ventanas en el relato: por las que la joven se asoma a la vida.
Los libros que se propusieron para la próxima tertulia, que se celebrará ya en el mes de enero de 2016 (día 29), fueron:
- Vila-Matas, Enrique, El mal de Montano
- Mendoza, Eduardo, El misterio de la cripta embrujada
- Joyce, James, Diario del artista adolescente
- Del Paso, Fernando, Palinuro de México
- Nair, Anita, El vagón de las mujeres
Ganó El vagón de las mujeres, a propuesta de Graciela.
Por último, María Eugenia leyó el cuento "Espiral", de Enrique Anderson, argentino.
José Antonio leyó un poema propio que nos cautivó a todas, "Entre iguales", contra el maltrato machista.
Vicky, leyó un escrito propio: "Viva Chile, mierda¡"
Graciela, leyó un poema de Pascual López Sánchez, "La andelma", de tinte lorquiano.
Ay, exhausta estoy¡¡
Como se puede apreciar, nos cundió muchísimo¡
¡Ah! y unas fotitos:
Para comentar este libro, nos reunimos el viernes, 27 de noviembre, en casa de Lola, los siguientes tertulianos: María Eugenia, Graciela, José Antonio, Lola, Vicky, Ofelia, Pilar y yo (María José)
Estuvimos menos que de costumbre pero resultó una tertulia muy agradable. Como siempre, nos pusimos morados a comer.
Voy al grano:
Madieri, Marisa, Verde Agua
Verde Agua es una pequeña joya escrita a modo de diario en el que la autora, Marisa Madieri, ya en su incipiente madurez –comienza este diario con 43 años y lo finaliza con 46-, alterna episodios de su vida actual con otros centrados en el recuerdo de su infancia, primero en Fiume, actual Croacia, y luego en Trieste, Italia, una ciudad fronteriza, con más aspecto de urbe centroeuropea que mediterránea, ya que fue en su momento, la salida al mar del Imperio Austrohúngaro.
Mediante el relato de Marisa Madieri conocemos las penalidades que pasaron los exiliados italianos procedentes de Istria, en los guetos que se les adjudicaron y que, en la mayoría de los casos ocuparon durante años. Sórdidos cuartuchos que compartían familias enteras ubicados en un antiguo silo, donde las estrecheces y la miseria pusieron a prueba a estos seres marginados por querer vivir en su patria.
Madieri logra tocar el corazón del lector gracias a una mezcla de narración infantil, como si nos hablara la niña que fue y que se quedó para siempre entre la casa de sus tíos en el Lido de Venecia, el internado y el Silos; y otra narración paralela que nos habla de la injusticia y el horror de la guerra y sus consecuencias: el sufrimiento que siempre arrostran los más débiles.
Con todo, lo mejor del diario es el sentido poético que Marisa Madieri sabe dar a todo el texto que queda impregnado, de principio a fin, de un sentimiento lírico que casa perfectamente con la historia que se nos cuenta.
Es también una narradora poco pretenciosa porque, en fin, nos ofrece tal abanico de sentimientos que todos identificamos como propios a través de una prosa limpia que no necesita recursos literarios ajenos a la propia vida. Así nos cautiva y nos obliga a quererla. Dice, el 15 de junio de 1983, tras su reveladora lectura de Guerra y Paz: “La vida, pues, afuera, era grande, bella, dolorosa y sagrada y yo un día la alcanzaría”.
En capítulos muy cortos, nos va contando todo lo que pasa a su alrededor: lo grande y lo pequeño, el exilio, la pobreza, la cárcel, las muertes que se suceden de abuelos, tíos, tías, las enfermedades, empezando por la suya. Pero también, pequeñas historias conmovedoras como la del gorrión que cuidó con su hermana, malherido después por un gato y que se acurrucó en el hueco de su mano para despedirse de ella un día antes de morir.
Asimismo, conocemos el frío del Silos en invierno y cómo la madre se desvive por ella calentando agua para que meta los pies entumecidos mientras estudia. Y lo más delirante: (la madre) se aprende el alfabeto griego para ayudarla con los deberes porque ha suspendido esa materia. Este personaje, la madre, es sencillamente admirable: copia los partes meteorológicos que dan en la radio para la abuela Quaranttoto y no consiente que las hijas hagan trabajos duros como lavar la ropa. Sólo desea que estudien para que no tengan que llevar una vida tan dura como la suya.
Sorprende ver con qué alegría y naturalidad relata la miseria que padecieron durante la vida en el Silos: el olor constante a legumbres cocidas, los ruidos provocados por la falta de intimidad en los box, la comida reducida en ocasiones durante varios días, a alubias. El dinero que entraba en la casa era tan escaso que sólo se podía destinar a la comida.
Cabe destacar la manera en que intercala fechas donde se relatan minucias con otras que cuentan la historia de Italia y de Europa. Así también, hay días que son trascendentales en la vida de la protagonista, como el día en que, volviendo de la playa, piensa en su ciudad, Fiume, y descubre que ya no la añora que de repente se siente de Trieste, siente que está en su casa. Mientras que otros días pasan con pequeñas incidencias cotidianas.
Con la sencillez de su escritura, nos imaginamos lo que debió vivir su familia cuando, por fin, pudo salir del Silos y comprarse el piso de la calle Picardi: ese milagro de tener ventanas o el hecho de contar con habitaciones separadas.
Estupendo el retrato de la abuela Quaranttoto, esa vieja egoísta y dominante que tiene a la hija en un puño. De la abuela Anka dice: “A la abuela Anka le gustan las cosas y los hechos que permanecen. Por eso no teme el transcurrir del tiempo, que arrolla solo a los individuos”.
Conmovedora en su claridad de diario la enfermedad y muerte de la madre.
La última entrada del diario, del 17 de noviembre de 1984, está cargada de sentimiento y de serenidad, muestra cómo la autora se reconcilia con su vida y se va despidiendo del diario y parece que de la vida. Es de suponer que estaba ya enferma aunque murió once años después de esa fecha.
El libro, gustó a unos más y a otros menos. Para Graciela fue un libro muy duro porque le hizo sentir el tema del exilio como propio. El de su familia emigrando de Cuba a Estados Unidos
María Eugenia encontró demasiada poesía en el relato. Dijo que le sobraba para contar una historia de exilio y desarraigo. También que se cuentan vidas que no son las de los héroes, "vidas mínimas".
Para Vicky, cuenta una vivencia colectiva, además de la individual de la autora, con el agua como hilo conductor.
Pilar entendió que tras la historia de la familia y el exilio subyace el tema de la enfermedad de la autora que convierte la historia en un drama personal. Le pareció un libro "muy triste".
A Ofelia le cautivó la prosa poética de Marisa Madieri, "elegante, cautivadora y sutil". Poética también en lo que no se dice, en lo que se intuye, en los sentimientos que provoca. Le llama en especial la atención el personaje de la madre, "con una vida gris y secundaria" y entiende que es un canto a esa mujer que se sacrificó siempre por sus hijas para que tuvieran una vida mejor que la de ella. Para Ofelia, es un libro optimista que muestra a una mujer que, tras las duras experiencias de su vida, ha aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, del presente. Destacó también la importancia de las ventanas en el relato: por las que la joven se asoma a la vida.
Los libros que se propusieron para la próxima tertulia, que se celebrará ya en el mes de enero de 2016 (día 29), fueron:
- Vila-Matas, Enrique, El mal de Montano
- Mendoza, Eduardo, El misterio de la cripta embrujada
- Joyce, James, Diario del artista adolescente
- Del Paso, Fernando, Palinuro de México
- Nair, Anita, El vagón de las mujeres
Ganó El vagón de las mujeres, a propuesta de Graciela.
Por último, María Eugenia leyó el cuento "Espiral", de Enrique Anderson, argentino.
José Antonio leyó un poema propio que nos cautivó a todas, "Entre iguales", contra el maltrato machista.
Vicky, leyó un escrito propio: "Viva Chile, mierda¡"
Graciela, leyó un poema de Pascual López Sánchez, "La andelma", de tinte lorquiano.
Ay, exhausta estoy¡¡
Como se puede apreciar, nos cundió muchísimo¡
¡Ah! y unas fotitos:



Gracias María José por tu comentario
ResponderEliminarLeí la novela, comenzó entusiasmandome , bajo el nivel y volvió a subir y ahora... vuelta al inicio. Los capítulos son cortos y cada uno de ello es una joya artesana, Pero todo lo ha dicho María José
Graciela recitó un poema de Pascual López Sánchez . Poeta de las entrañas culto, sensible y combativo , El poema es una carta de reclamación contra el soterramiento de la Andelma (acequia "la que lleva el agua" en Cieza , Murcia). Es la semana del Clima y el respeto por la naturaleza y en este caso también la historia. Pero de los poemas mejor que hablar sobre ellos es leerlos
La luna quiere peinarse
en "la Andelma " a la mañana.
Y llora la luna, y llora,
porque quieren entubarla.
Entre paredes antiguas
se están besando las cañas,
y ahora quieren encerrar
a la que siempre "lleva agua".
Corazón de trigo, blanco,
en alturas y cascadas ;
flor de la harina acunó
mientras el agua cantaba.
Gimen ahora las almedas,
no tienen nido las garzas,
no hay ginetas en su cauce,
bajo tierra crecen ratas.
¿ Quién oiría este lamento
contra tamaña desgracia...?
La luna quiere peinarse
en la acequia de agua clara.
¿ Quién oiría este lamento
de la luz de madrugada...?
Ya no amamanta la luna
el seno de la Atalaya...
Mientras La Andelma se entuba
están enterrando el agua;
y el sol, hasta ahora callado,
protesta contra esta infamia...
Luna y sol se están besando,
canta Medina Siyasa ;
que el cielo adorne a la acequia, /
y la vista con enaguas
para que brille La Andelma
mientras la luna la abraza. .
.. Pascual López Sánchez.
Comentario de Ofelia (Parte I)
ResponderEliminarDesde el principio me sentí envuelta por su prosa poética, por cómo dice las cosas que todos pensamos, de una manera elegante, cautivadora y sutil.
“La profundidad del tiempo es una reciente conquista mía. En el silencio de la casa, cuando durante la mañana me quedo sola, reencuentro la felicidad de pensar, de recorrer el pasado adelante y atrás, de escuchar el fluir del presente…” (pág. 13).
Su poética está también en lo que no se dice, en lo que se intuye, en los sentimientos que provoca.
De nuevo estamos ante un diario, en el que Marisa Madieri relata la historia de su vida, recuerdos de la infancia y la madurez contados reflexivamente valiéndose de los sucesos vividos, su duro exilio, alejada de sus padres y su reencuentro en el Silos de Trieste, donde vemos reacciones de dolor y vergüenza, en unas condiciones solo superables por el amor incondicional de su madre y por su evasión a través de la ventana del cuarto de baño y su refugio en los estudios, lo que le llevó a una introspección en el colegio y a negarse en sociedad por no poder reconocer su situación real.
Reflexiones sobre el paso del tiempo, la memoria y el devenir de la vida, sin acritud, sin rencor, a modo de estampas, convirtiendo el presente en el hilo conductor de la novela.
Entre líneas se intuye el sufrimiento del exilio y el lamento sordo hacia una madre con un futuro truncado, a quien le tocó una vida gris, secundaria… “Es el grito de su silencio lo que me aturde, para acabar en un silencio del que se ha borrado toda memoria” – dirá refiriéndose a esa enfermedad tan cruel que es el Alzeimer…
Ella habla casi desde la ingenuidad de la infancia, recordando y reconstruyendo su peregrinar… Hasta que descubre que su madurez la ha convertido en adulto, que ya no tiene nostalgia del pasado, que ya asume su presente. Me parece entrever un canto hacia su madre: “las raíces de mi fuerza y de mi capacidad de no rendirme frente a las dificultades… Su amor total y definitivo por mi hermana y por mí es lo más puro e incorruptible que la vida me ha dado”. También hay un capítulo en que su madre empeña sus joyas para comprarle un vestido para asistir a su primera fiesta…
A pesar de todo creo que es un libro optimista, que nos muestra una mujer que ha aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, del presente… hasta de las noches de invierno, de su cambio de color a través de la ventana, justo lo que se aprecia por encima de una rama de acacia que se alarga… (pág. 122).
Otros temas importantes:
LAMENTO. “A Valeria se le negaron la alegría y la despreocupación de la infancia” (pág. 50)
DOLOR. “El hilo secreto del tiempo que teje nuestra vida revela su tenaz continuidad”… “Todo está aún presente” (Pág. 51).
LA NOSTALGIA “Fiume. Una ciudad de familiaridad y desapego, que perdería apenas conocida” (pág. 52).
La casa de la abuela Madieri en Cherso “Es solo un punto suspendido e inconexo en la memoria, un pequeño universo que contiene y no es contenido”. (pág. 147).
Comentario de Ofelia (Parte II)
ResponderEliminarDUDAS. “Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí. Les he faltado a mis hijos…. A veces el viento de la gracia sopla tan lejos de nosotros que nos volvemos malos y torpes incluso con las personas que más queremos.
No he escondido mi mortificación y ya me han perdonado. Los hijos, con frecuencia, saben ser más comprensivos y maduros que sus padres…
Algunas veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidada, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores… De algún modo de siento responsable de su felicidad y me pregunto si han recibido las armas y los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerridos en las pruebas, fuertes en las desilusiones, generosos en el éxito, para amar y vivir en el significado…” (pág. 53).
QUERER RETENER EL PRESENTE
“Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la persuasión, porque sé que no se me espera nada más hermoso que el presente que vivo” (pág. 56).
RECUERDOS Y RECONOCIMIENTOS PARA TODOS
… la matriarca de la familia, el regazo al que todos recurren en busca de consejo y consuelo (pág. 77).
El tío Atinio, que había logrado cierto reconocimiento ante la abuela … “por ser un manipulador de palabras” (refiriéndose a su etapa de novelista). (pág. 124).
PÁGINAS DE DESPEDIDA.
El lamento de lo que nos llevamos con nosotros cuando nos retiramos de esta vida:
“Junto a una ventana, yo hojeo estas páginas, que de improviso, pequeñas gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para transcribir ni siquiera este momento de serenidad….
Fuera, la noche clara, rebosante de estrellas, guarda rostros y palabras que no sabré decir jamás…
… siento que debo dar las gracias a una multitud de personas, incluso a las que he olvidado, que al quererme, o simplemente estar a mi lado, con su presencia fraternal no solo me han ayudado a vivir sino que son, quizá, mi vida misma.” (pág.. 147 y final).
¡Bravo María José! Qué reseña. Quizás la mejor que he leído. Cómo se nota que eres del oficio. Después de leer la tuya me siento incapaz de hacer una cuando me toque. Imposible. Y el comentario de Ofelia sobre el libro, como siempre, magistral.
ResponderEliminarCuánto sentí haberme perdido esa tertulia. Máxime cuando el debate tuvo que ser sabroso. Ya el tema del exlio da tanto de sí...
ResponderEliminarLas fotos sensacionales. Un bonito recuerdo. Debemos inaugurar este apartado. Literatura, Gastronomía, Fotografía.
ResponderEliminarSobre todo sentí perderme el strudel de Ofelia. Ojalá lo repita.
Muchas gracias a José Antonio por subir los comentarios de Ofelia. Como siempre, nuestro único hombre, es de una valía insospechada.
ResponderEliminar¿Recordáis cuando María José leyó el relato dedicado a la puesta de sol en el templo de Debod?...
ResponderEliminarPuesta de sol en el Templo de Debod
Llegaron los poetas desde todos los puntos cardinales e inundaron Madrid como se inunda el cielo, como pájaros de buen agüero, y llenaron el espacio con sus versos atinados y exóticos procedentes del otro lado del mar. Del continente nuevo donde la poesía nace más inocente.
Así, esos poemas tiernos llegaron a Madrid renovando su álito y y llenando las calles antiguas de selvas, cataratas, cimas y valles aquí desconocidos.
Los poetas madrileños quisieron compartir con sus compañeros el misterio y la magia de la puesta de sol en el Templo de Debod, un extraño lugar que hace que la ciudad sea todavía más vieja, la hace milenaria.
Mientras caía el sol sobre una tarde fría, las palabras, perfectas, se perdían en el aire teñido de oro rojo. Cayó la noche al fin y a la luz de una farola antigua, una joven india, Lucero se llamaba, nos leyó un poemita donde cabía el mundo. Estaba dedicado a un poeta ya muerto, y le interpelaba con hermosas metáforas. Le hablaba de la luna, de la noche, de un conejo, en suma, de la vida, con una voz tan limpia que nos causó dolor.
Adiós, Lucero, emprende tu vuelo hacia lo alto, creando nuevos mundos que nos salven del nuestro. Al este, al infinito.