Tertulia 31.07.2015
Lugar : en casa de Pilar.
Asistentes: José Antonio, Graciela, Lola, Vicky, Mª José,
Mª Eugenia, Nieves, Silvia y Pilar.
Libro: “ 24 horas en la vida de una mujer”
Autor: Stefan Zweig.
Tras
la alegría y el regocijo por el encuentro, degustamos las ricas viandas que se
aportaron, destacando por su originalidad, exquisitez y presentación el
gazpacho de sandia de Graciela y la sorprendente ensalada que prepararon Vicky
y Alex a la que debieron dedicar mucho tiempo esfuerzo e imaginación . Una obra de arte que realmente nos dejó a todos asombrados.
Adjunto
fotos para que se pueda apreciar porque no soy capaz de describirla en su justa
medida.
A
continuación pasamos a comentar el libro, estando la mayoría de acuerdo en un
primer momento en que era importante considerar la época y el entorno social
que refleja la novela por cuanto la
mentalidad y el ambiente social tienen una gran incidencia, así como el
lenguaje de las manos que el autor describe de forma sorprendente y magistral.
Lola
apuntó un enlace que me ayudaría a
escribir la reseña y al leerlo vi que coincidía
con todas las opiniones que se vertieron en la tertulia y que lo expone infinitamente mejor que yo lo
hubiera hecho, por eso me atrevo a
trascribirlo aquí:
Comentario
al libro “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, de Stefan Zweig, por
Concha Miralles
A pesar de sus escasas 100 páginas, estamos
ante una de las obras maestras de la literatura, cuyo autor, Stefan Zweig, hemos escogido para iniciar estas tertulias de literatura y
psicoanálisis.
Zweig fue un escritor sobresaliente, de
enorme talento, que gozó de excelente reputación como uno de los mejores
escritores, biógrafos y ensayistas de su época, sobre todo entre los años 20 y
40, pero que también sufrió la represión y el oprobio de ver sus obras
prohibidas y reducidas a cenizas por los nazis de la Segunda Guerra Mundial.
Tras su suicidio en Brasil en 1942, su obra fue cayendo en el olvido hasta
que recientemente, con la reedición de sus libros por algunas
editoriales, vuelve a cobrar el lugar en la cultura que siempre ha
merecido.
En primer lugar me gustaría situarles este
relato largo, o en esta novela corta, Veinticuatro horas de la vida de una
mujer, publicada primero en inglés, y editada posteriormente
en Leipzig en 1926. En su primera edición apareció junto a otros dos
relatos, dentro de una trilogía titulada “Confusión de sentimientos”, en cuyos relatos se trataba el tema tabú de la homosexualidad y
planteamientos de corte feminista. Los hechos narrados en la historia
transcurren, según se nos indica en el primer párrafo, diez años antes de la
guerra (Primera guerra mundial).
Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una novela de fino trazado literario, donde destacan algunas
descripciones memorables. Es una novela de corte psicológico, que trata el tema
de la voluntad y sus flaquezas, del temor a ser dominado por la inmediatez y la
fuerza de pasiones desconocidas que puedan anular el control de la voluntad.
También se podría considerar una novela de amores tortuosos, prohibidos y
dañinos.
La historia arranca con un suceso
imprevisible ocurrido en el apacible y relajado escenario de un hotel de la
Riviera cercano a Montecarlo: Mme Henriette, refinada y respetable mujer de un
comerciante y madre de dos niñas, se ha dado a la fuga con un atractivo joven
francés alojado en el hotel, al que sólo conocía desde el día anterior.
La tranquilidad de los siete huéspedes de
la pensión se ve alterada por este incidente, inadmisible desde su
moral burguesa, y durante la comida se desencadena una acalorada, que torna a
violenta discusión, en la que se condena la conducta disoluta e inconsciente de
Mme. Henriette. Todos coinciden en condenarla, excepto uno de los allí presentes,
que es precisamente el que contará la historia, el narrador de la misma. Frente
a las críticas de sus contertulianos, éste defiende el honor de la dama,
sosteniendo que el modo en que obró demuestra en realidad mayor valentía
y franqueza que el de aquellas mujeres que se someten a pesar suyo a una vida
que las asfixia y las hace desgraciadas (pag. 14: “encuentro más digno que una
mujer ceda a su instinto, libre y apasionadamente, que no, como ocurre por lo
general, engañe al marido en sus propios brazos y a ojos cerrados”). Su
atrevida opinión anima a la distinguida anciana inglesa, Mrs. C. a
pronunciarse sobre el asunto, cuestionando más bien al atrevido contertulio
sobre la fortaleza de su defensa, quedando la cuestión planteada en los términos
siguientes: ¿puede lanzarse una mujer cualquiera inocentemente a una aventura
movida por un impulso desconocido, por una fuerza que la mueve a actuar de un
modo que juzgaría imposible una hora antes de hacerlo, y de lo cual no
cabe hacerla responsable?
Este detonante, que sólo ocupa unas pocas
páginas en el inicio del libro, es en realidad una excusa literaria del autor
para dar paso a la verdadera historia, la que contará la Mr. C. precisamente al
único que ha defendido a Mme Henriette. Ella necesita contar lo que ha callado
durante más de veinte años: las veinticuatro horas más tortuosas de su vida,
que ha mantenido en secreto durante todos esos años. Ahora, sin embargo, siente
la necesidad de hablar de ello, y no es casual la elección de su confidente: sabe
que él no la va a juzgar ni a condenar, ni le hará ningún reproche después, y
tampoco busca su consejo ni su aprobación. En realidad sólo necesita ser
escuchada y escucharse a sí misma relatar lo sucedido, poner orden a sus ideas,
expresarlas por primera vez. Para ello lo invita a subir a su habitación del
hotel, y en la más estricta intimidad le relata lo sucedido un día de su vida
de veinte años atrás: al igual que Mme. Henriette –de quien en realidad no conocemos nada- ella misma
también arriesgó su vida, en este caso para “ayudar” a un desconocido, un
jugador que esa noche lo había perdido todo en el juego. Pero detrás de la
loable intención de salvarle la vida a un hombre que estaba a punto de
suicidarse, lo que Mr. C. descubre con temor, a medida que va poniendo en
orden ese recuerdo, es que hubiera sido capaz de sacrificarlo todo
por un desconocido: su fortuna, su honor, su reputación. (Pag. 82: “Si aquel
hombre me hubiera abrazado y me hubiera pedido que le siguiera hasta el fin del
mundo, no habría vacilado en deshonrar mi nombre y el de mis hijos. (…) no
existe bajeza que no hubiera hecho por él. (…) Pasaría con él aquella noche y
también las siguientes…, todas las que él quisiese, todo el tiempo que se le
antojase”.
Por varios motivos, de clara percepción,
recuerda esta escena más que a una confesión espiritual a una sesión de
análisis.
Quiero hacer una observación sobre la
figura del narrador, que es precisamente la persona elegida para escuchar la
confesión de Mr.C. Por un capricho literario, o quizá obedeciendo a una
intencionada estrategia, si bien una mujer, Mr. C., es quien cuenta en primera
persona los hechos, pensamientos y deseos más oscuros y escondidos de su vida,
va a ser un hombre el verdadero narrador de esta historia, un espectador
y testigo de todo lo sucedido, un sujeto pasivo en la escucha, pero activo en
la escritura –lo hace muchos años
después-, que ha accedido a escucharla y que luego narra a su vez la historia,
con lo que esto supone al darla a leer y conocer. Claro, si no estuviera esto,
no habría libro que comentar, pero no deja de ser una curiosidad que algo
contado tan en secreto venga luego a ser publicado a los cuatro vientos, lo
cual me lleva a la primera de las cuestiones que me ha planteado esta lectura,
que tiene que ver con la ética profesional del psicoanalista: el temor o
sospecha que, sobre todo al inicio, tienen algunas personas a que su terapeuta
no sea un buen guardián de los secretos que se le confían, temor que algunas
veces puede hacer zozobrar la terapia.
Por otra parte, y atendiendo al contenido
de la confidencia, me planteo otra cuestión: lo que asusta a Mr. C es
precisamente el descubrimiento de que hubiera sido capaz de ponerse en las
manos de otro, de un desconocido, y de someterse a su voluntad y sus caprichos,
abandonando su vida segura y estable para dejarse arrastrar por un instante de
pasión. Ella está dispuesta a aceptar el estrago de su posición de víctima en
una relación de la que ni siquiera puede imaginar los límites.
De nuevo se me plantea otra cuestión: ¿Es
esta la posición de una víctima, por ejemplo de casos de mujeres maltratadas?
Llama la atención el manejo de los tiempos
que hace Zweig en este relato. En la primera parte de la historia, la que se
refiere a la huída de Mme. Henriette, hay un tiempo presente que podríamos
calificar de “abortado” o quebrado, en tanto que rompe con lo que es esperable
y previsible, y que apunta a un futuro más que incierto. Por otro lado hay una
presencia constante del pasado, protagonizada por Mr. C., que rememora un
suceso oscuro de su pasado, que ha mantenido en secreto hasta ahora. Las dos
historias confluyen en ese punto inquietante en el que los tiempos dejan de
marcar una diferencia, esa especie de triángulo de las Bermudas, también
llamado Triángulo del Diablo y Limbo de los Perdidos, donde ocurren sucesos
inexplicables que tienen que ver con un funcionamiento extraño del espacio y
del tiempo. El manejo de tiempos, de vidas y de historias, aquí es un recurso
literario que utiliza Zweig para poner de manifiesto que, con más de veinte
años de diferencia entre lo sucedido a una y otra mujer, el problema que se
plantea es el mismo, mantiene la misma vigencia social y moral, porque el
conflicto planteado arranca de aspectos consustanciales de la subjetividad
humana que están más allá de cualquier época.
Pero hay una particularidad en la historia
pasada y rememorada, la de Mrs. C.: precisamente esa lejanía en el tiempo le ha
permitido realizar cierta elaboración y distanciarse emocionalmente, y por eso
puede hablar de ello, analizar sus actos y valorarlos con mayor frialdad.
Y es a partir de esta apreciación sobre el
tiempo que me planteo una tercera cuestión: ¿en el análisis, facilita el tiempo
dialectizar con mayor capacidad crítica y analítica un hecho traumático vivido?
Por poner un punto de humor, relacionado en
cierta manera con el tiempo en el análisis hay una escena en la película El
dormilón, cuando Woody Allen, tras descubrir que se ha pasado doscientos años durmiendo, suspira y
explica apesadumbrado que, de haberse pasado todo ese tiempo yendo a terapia,
ahora ya casi estaría casi curado. Casi. Faltaría saber si el tiempo de sueño,
el de durmiente, también obró su labor en la conciencia de W.A.
Hay una estructura que insiste y gira en torno
a dos movimientos casi pendulares en el relato: uno es la rebeldía, la
insumisión. Las dos protagonistas son mujeres que hacen algo que no deberían
porque se rebelan a una situación determinada: la una supuestamente a un
matrimonio que no la satisface, la otra, movida por el altruismo, quiere evitar
que un desconocido se suicide, pretende salvar una vida que se ha condenado a
la perdición. Son, en cierto modo, dos heroínas en el sentido clásico de los
cuentos, al asumir la función de convertirse en insurgentes frente a la ley y
la moral que gobierna sus mundos, pues ponen en riesgo su propia vida en el
empeño. Y en relación con esta posición de valor y rebeldía, hay otro elemento,
que sólo conocemos en el caso de Mrs. C.: el temor por un algo desconocido que
la impulsa a su propia perdición y que provoca el descontrol absoluto de su
voluntad, llegando al extremo de abandonarse a la voluntad de otro. Del
atrevimiento a la perdición… Hay un punto en el que la vida, que era
serena, segura y apacible, se pone en peligro y deriva al naufragio. Y después
de eso ya nada es igual que antes, pero no por el acto cometido en sí, sino por
el temor a esa fuerza desconocida e interna capaz de hacer peligrar toda la
vida en cuestión de horas.
Y esta es la última cuestión que me
planteo, a raíz de esta última observación: ¿en qué consiste esa fuerza
demoníaca?, ¿dónde radica su fuerza? Y…, puesto que en los dos casos relatados
se trata de mujeres, ¿tiene alguna relación con una dimensión femenina
del ser humano, independientemente de ser un hombre o una mujer quien la
experimente?
Tras los comentarios, María Eugenia nos deleitó con la lectura de una
poesía de María José, que le ruego la transcriba aquí para que podamos volver a disfrutarla.
Se acordó que la próxima tertulia se celebraría en casa de Silvia el 2 de
octubre y el libro que se comentará: EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS de Leonardo Padura.
Un abrazo muy fuerte a todos.
Gracias Pilar, disfrutamos con tu hospitalidad como siempre. "Y nos dieron las..." estábamos a gusto charlando sobre un buen libro y entre amigos ¿Se puede pedir más?
ResponderEliminar¡Si! "la aldea" que trajo Vicky y el resto de las viandas y vinos
Dicen (algunos) que la vida es una oportunidad única,,, hay quién dice que para disfrutar y quién dice que para preparar nuestro espíritu para "la otra"
Nuestros Viernes de Novela creo que cumplen sobradamente con las dos misiones:
Alimentamos al espíritu y al cuerpo: la charla , el libro, las viandas y el vino hacen de ellas una combinación ecléctica que con seguridad nos abre el camino del paraíso
Por si no fuese así, rogué a Vicky y a Alex (Alex quiero poner una foto tuya en la cocina, no sé si con dos velas o sobre una fondue) que nos pasara la receta....
y aquí está:
Aldea de Duendes
(Receta tradicional)
Ingredientes:
Mayonesa -para la base.
Huevos (uno o dos por persona) -para los piés. Tomates enteros -para los sombreros.
Lechuga rizada (escarola o repollo) -para el césped y praderas.
Cuscús -para caminos y senderos. Brócoli -para arbustos.
Nueces enteras -para piedras y rocallas. Rabanitos -para flores.
Setas y champiñones pequeños.
Palitos de cóctel –para leños y maderos.
Altramuces (habas, garbanzos, maíz, arvejas u otras) –para provisiones. Sal.
Aceite. Vinagre. Imaginación. Alegría.
Ganas de agradar y... Mucho, ¡MUCHO CARIÑO!
Preparación de los ingredientes:
-Cocer los huevos, el brócoli y el cuscús (todo aparte).
-Cortar y picar bien fina la lechuga (o el repollo).
-Cortar los rabanitos en “flor”.
-Cortar los tomates, cuidando el tamaño y el peso que puedan soportar los huevos ya cocidos.
-Extender una buena capa de mayonesa por toda la superficie de la bandeja que nos servirá de
“pegamento”.
Elaboración de los Hongos mágicos:
-Cortar recta la base de los huevos para que se sostengan de pié sobre la bandeja y reservar la clara. Hacer lo mismo en el otro extremo para dar más apoyo a los sombreros y reservar esos restos de clara también.
-Hacer perforaciones de distinto tamaño en la superfie de los tomates (con boquillas metálicas de
una manga pastelera quedan perfectas).
-Rellenar los agujeros con los restos de las claras reservadas para imitar las escamas y manchas
típicas de una “Amanita Muscaria”.
-Para ahorrar tiempo y no tener que darse “la lata” de hacer y rellenar agujeros, también se pueden aplicar “toques” con alguna salsa en la superficie de los sombreros tales como Alioli o Tártara (solución “a la rápida”).
***Por comodidad, no poner los sombreos sobre los huevos sino hasta el final***
Elaboración de la Aldea:
1.- Colocar y distribuir los huevos enteros y de pié sobre la bandeja con mayonesa dejando algo de espacio entre ellos.
2.- Esparcir con cuidado y parejo el cuscús formando caminos y senderos que comuniquen los
huevos, sin olvidar dejar salidas y entradas a la Aldea (?).
3.- Rellenar con la lechuga picada todos los espacios restantes de la bandeja formando una frondosa pradera.
4.- Situar en los extremos ramas de brócoli para hacer arbustos tupidos.
5.- Colocar los rabanitos en distintas partes como flores.
6.- Incrustar las setas pequeñas en ramilletes entre el brócoli y las partes más tupidas de la lechuga.
7.- Decorar con las nueces formando rocallas entre los vegetales.
8.- Colocar montoncitos de altramuces al pié de los huevos para dotar de provisiones a los duendes.
9.- Amontonar los palitos de cóctel para que todos tengan leña cerca de sus casas.
10.- Fijar con un pegote de mayonesa o con un palillo mondadientes los sombreros de tomate sobre cada huevo.
11.- Ahora aliñar con sal, aceite de oliva y un buen vinagre toda la Aldea y…
12.- ¡A DIVERTIRSE y DISFRUTAR!
¡Bon appétit, mes amis…!