martes, 19 de abril de 2016

La Tierra que pisamos, Jesùs Carrasco


Con respecto a la tertulia sobre “La Tierra que pisamos” de Jesús Carrasco dado lo interesante que fue el debate posterior así como las ideas y opiniones expuestas, he decidido no escribir una crónica al uso y si recopilar, en mayor o menor medida, las opiniones sobre la novela con el fin de poder documentarnos sobre ella cuando quiera que lo deseemos.
Pido perdón de antemano si alguien echa de menos algún punto importante, pero mis apuntes de lo hablado no dan para más. También pido perdón por poner  mi texto en primer lugar porque sólo son ideas que fluyeron dispersas al término de la lectura y no tanto una crítica exhaustiva.

De nuevo, Jesùs Carrasco  nos sorprende con su escritura precisa, en la que no falta ni sobra una coma, una palabra; así como con su riqueza de vocabulario. No sé que sería antes, si la gallina o los huevos, pero cada vocablo empleado por Carrasco parece “obtenido” después de desechar otras cuarenta, como así sucede en la literatura publicitaria, - anterior profesión del escritor -, hasta llegar a ser eso la más exacta para expresar lo que se quiere expresar.
Nos sorprende también con su capacidad para meterse en lo más hondo de nuestra mente y nuestro corazón y dejar allí una historia de seres humanos que ya no nos abandonará ni cuando hayamos terminado de leerla de tal manea que una imagen, unas palabras posteriores, un tema concreto, nos hará rememorar momentos, sentimientos del relato que Carrasco nos ha narrado con tanta maestría.
Todo y todos adquieren protagonismo a l largo de la novela: el paisaje, el huerto, los olores, el perro que, por cierto se solidariza, se encariña con el intruso y, como los niños pequeños, es de quien lo quiere.
Los seres humanos; como entonces, como siempre; divididos entre aquellos que van a lo suyo y no sufren ni padecen; que no empatizan con los demás; y aquellos otros llenos de vida en su dolor. Ella, Eva, que progresivamente se va convirtiendo en un ser humano que siente gracias a él, a su presencia.
El, el intruso y ella; la amargada esposa de Losif, el vencedor cruel; van uniéndose dulcemente en la pena, en un dolor pleno de dignidad, hasta llegar a un punto en el que el resto no tiene sentido.
Los vencedores viven en un limbo esponjoso y dulce, y los vencidos, - ¡Ay los vencidos! – sobreviven, resisten, como el intruso, con los piés profundamente hundidos en la tierra, en sus frutos y en sus aromas. Ella es lo único inamovible y real en ese mundo que se nos presenta modificado o derrumbado por sorpresa o, por lo menos, para sorpresa de los habitantes de esos campos que desconocen qué está sucediendo o quiénes son esos invasores.
Leva y Eva; el nombre de él contiene el nombre de ella; han perdido a los seres que más querían, - ella, a su hijo y él, a su mujer y a su hija -, y sus vidas han quedado huecas a partir de ese hecho. El no estaba allí cuando se llevaron a sus dos amores y no pudo defenderlas; ella, si estaba, pero nada pudo hacer para retener a su hijo porque la mujer poco pinta, aunque sea del bando de los vencedores, en ese mundo de machos dominantes que siguen siendo las guerras. Pinta tan poco como los vencidos, circunstancia que la une más al intruso.
Aquí y ahora, toda la narración evoca el franquismo y la postguerra española, el ninguneo de los vencidos, asi como la chulería y crueldad de los vencedores. Eva Holman  es la señora del comandante López o del general García, con derecho a okupar el hogar de una familia caída en desgracia, a tener jardín, perro, jardinero, etc., pero eso sí, con la obligación de representar su papel y cuidar al héroe asqueroso quiera o no quiera. Y él, el intruso, el vencido no tiene derecho a nada, es un esclavo al servicio de.
La tierra es lo único que permanece,  aunque hayan mermado sus zonas boscosas. Su vegetación, sus colores, olores, texturas. Por eso el intruso no se cansa de tumbarse en ella, de observarla, olerla, y en ella se hunde, se abriga, se refugia.
La inquietante novela de Carrasco tiene la virtud, la potencia de quedarse alojada en  algún lugar del cerebro, del corazón, y las imágenes que crea van y vienen como las olas del mar, como las mareas, a lo largo de los días. Mareas que marcan también el ritmo del presente al pasado, de una a otra persona: un suave fluir de una a otra orilla.
“Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No un solo cuerpo, si no un solo ser. Nosotros, los árboles las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La Tierra”. (sic).
(Vicky)

Mª Eugenia dice que la guerra es un medio para contar esta historia fragmentada  y que la atmósfera del relato es oscura, de muerte. Tuvo que interrumpir la lectura dos o tres veces, pero siguió, porque piensa que se trata de una lectura incómoda, pero necesaria. Muy interesante el proceso de Eva, su evolución. Le interesaron mucho las vivencias de la mujer, ese abismo al que se asoma pero por el que se siente atraida. Le parecen un acierto esos dos tiempos que coexisten, esas dos conciencias; el diálogo entre dos personas distintas, pero que son la misma. 
También Angélica sintió deseos de dejar la lectura porque  en la escritura hay tanto dolor que a veces no podía aguantarlo, así que tuvo que tomar distancia emocional para seguir avanzando. Lo considera un libro difícil, duro, que hace que  el lector repela la descripción de tanto horror. La narradora inicia, a través de su aceptación del intruso y de su paulatino conocimiento, una expiación de su propia culpa por pertenecer a los privilegiados de un imperio invasor, un imperio de ocupación que arrasa con violencia extrema, usurpando la propiedad de los otros. Que pisotea su orgullo, los degrada, violenta su sentido de humanidad. Los ocupantes acaban con la vida del que habita allí aunque ni siquiera se oponga, con gran cinismo, al denominarse “fuerza pacificadora”, simplemente porque esos seres humanos existen en el lugar que los invasores han elegido desde el imperio como lugar de reposo.
Al mismo tiempo que se describe la guerra en el exterior, se describen los sentimientos de los personajes. La narradora va intuyendo la historia de Leva a partir de varias fuentes, de las cuales la que ofrece menos manantial es la del propio hombre del que habla. En esta ficción se combinan varias situaciones:  la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la descripción de las deportaciones y aniquilamiento de los judíos en campos de trabajos forzado, la Guerra Civil española y el colonialismo europeo en África.
Lo lamentable, es que ese horror y el abuso de poder podría ser analizado de igual modo en el momento actual que vive el mundo en varios países.
Desde el punto de vista narrativo, encuentro una descripción intensa y detallista hasta el exceso hasta el punto de que a veces parece que el autor estuviera armando un guión cinematográfico.
Por otra parte, el autor tiene un manejo estéticamente impecable del castellano y una narración hasta melódica de los paisajes y del ambiente rural, pero esa ventaja literaria queda neutralizada por un marcado detalle puntillista en la mayoría de los capítulos.
Utiliza el autor también una abundante mención de elementos botánicos propios del lugar y pertenecientes a la vida del campo, que obliga a buscar el diccionario si se quiere tener una idea más clara del ambiente que describe. Con eso se documenta el lector, si quiere.
La trama descrita en diversos planos conmina al lector al inicio de cada capítulo a una búsqueda intuitiva de la ubicación espacial y temporal, a mi juicio, un poco forzada. Y –me perdonen los amantes de las tramas dobles y triples-, se me ha hecho hasta fastidiosa.
Hay una aproximación religiosa (de hecho hay varias páginas en donde se invoca a un Dios que se da por cierto, pero que no acude a la llamada) lo que se traduce al fin en una vinculación casi mística con la tierra con la cual el hombre, Leva, parece querer fundirse.
Por último, es verdad que son temas recurrentes e inacabados, pero creo que hay ya muchos libros, documentos y películas que han descrito este tipo de situaciones y hay demasiada angustia en la prensa diaria, que tenemos que atender, para seguir reviviendo tensiones en el pensamiento con estas lecturas tan densas y oscuras.
Sin negar el derecho que tienen los autores premiados a escribir para “ahuyentar los demonios”, ni el derecho que tienen los críticos y los lectores a favorecer estas obras, reivindico mi propio humilde derecho a proponer una lectura que nos dé un poco de bálsamo, aunque solamente sea en honor a la primera.
     
Ofelia:
LEVA. Carácter ancestral de su vínculo con la tierra, muy profundo. Es lo único que le mantiene arraigado a la vida. Es sorprendente su simbiosis con la naturaleza (esa excavación en forma de embudo donde descansa), que le sirve de camuflaje, de refugio y de sustento. La violencia despoja a Leva de todo lo que posee.
Destaca la capacidad de adaptación del ser humano frente a un agente perturbador o una situación adversa (lo que se denomina resiliencia).
EVA HOLMAN. Ilustra la lucha de una mujer por encontrarle sentido a su vida, renegando de la educación adquirida y cultivada a lo largo de su existencia (destaca su valentía en la entrevista con el cónsul).

Difícil de leer, sobre todo por la falta de referencias para ubicar la novela. Cambio de registros, incluso en la misma página. De Eva Holman a Leva, a su historia. Desde el principio me ha producido cierto malestar y, a veces, rechazo. Desarrolla sentimientos muy contradictorios (angustia, miedo, asco, rabia, impotencia…) pero, a pesar de todo, engancha e involucra al lector y le cautiva con esta dura historia. Desolación es la palabra con la que definiría mi estado al concluirla.
Surrealista. Obra inquietante, extraña, dominada por la irracionalidad. Intervención del subconsciente. Admirable su capacidad de invención, de abstracción. Destaca por su sobriedad, su agudeza en la exposición de los sentimientos más íntimos. Descripciones limpias, poéticas, con un gran dominio del lenguaje. Paralelismo entre la austeridad del paisaje que describe y los sentimientos que arraigan en los protagonistas.
Todo está medido, controlado.
Narración de la violencia de forma muy cuidada, a veces apenas insinuada.
Poder y violencia, íntimamente ligados, están presentes a lo largo de la narración. El poder como arma que aplasta lo más íntimo de la persona, que la reduce a una sombra, que la vacía de contenido. Se manifiesta en el maltrato al ser humano.
La luz de esta novela la aporta el cambio de aptitud de Eva. Su transformación. Desde el recelo, la desconfianza o el miedo que, en un momento dado, la impulsan a dispararle, a ejercer violencia sobre él cuando se ve amenazada. El despertar de la empatía hacia Leva, despoja a Eva Holman de los prejuicios preconcebidos que albergamos cuando nos aproximamos a un extraño, hasta el punto de manifestar compasión y protección por el protagonista.Podemos encontrar cierto paralelismo actual con el tema de los refugiados.
También se escucha un grito en defensa de la naturaleza, en esa descripción tan realista de la destrucción del bosque. Según sus palabras “los seres tomamos y no devolvemos, o no devolvemos en función de lo que tomamos”.
Clima angustioso, asfixiante a veces. Se respira desolación, lo que me traslada a “la carretera”, de  Cormac McCarthy,donde se hace palpable la devastación de la tierra y de las personas.
Un alegato a la tierra, a nuestras raíces.
Se recrea en los silencios. Esta circunstancia empuja a Eva a indagar en la vida de Leva.
El autor explica en una entrevista que el silencio es una herramienta que utiliza para que entre en acción el lector, para que participe de la obra y la haga suya en esos momentos de reflexión.
“No me aporta nada y hiere mi sensibilidad la lectura de libros de este tipo”, asegura Graciela y lo califica de morboso.
Cada palabra, cada frase está pensada y medida como si el autor fuese un orfebre, afirma Mª José, quien considera que la historia y el lenguaje están al mismo nivel y que, en su opinión,  esta novela escrita con frases cortas narra la evolución de Eva,, narradora y protagonista, y habla de su transformación, del paso de la crueldad y deshumanización a la compasión.
Esta obra de gran riqueza lingüística y, a ratos, tan lírica tiene, según Lola, un estilo impecable pero una estructura  tan incómoda, que hace sentir como tonto al lector.
Para Mercedes, la historia es muy confusa. Una mujer que vive en la “paz” de su hogar a pesar de la muerte del hijo (de la que acusa al marido); del maltrato de su cruel marido; o de su triste vida cuidando a un enfermo… hasta que llega él y lo remueve todo. Se pregunta si se trata de un a alegoría de la guerra. Para ella las dos historias son muy monótonas y no sorprenden; y el estilo es decepcionante en comparación con su anterior novela, “Intemperie”.
Se trata de un relato descarnado y esperpéntico, en opinión de Pilar, además de repetitivo. El autor narra dos historias que, en un momento dado, se entrecruzan y punto.